‘EL ZORRO DE OJINAGA’… EL REY DE LA DROGA EN LA FRONTERA DE CHIHUAHUA QUE FUE MANDADO MATAR POR GONZÁLEZ CALDERONI

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Pablo Acosta fue durante muchos años, el rey indiscutible de las drogas en Ojinaga, y esto para nadie era un secreto en Ojinaga

Pablo Acosta Villarreal se suicidó, dicen, pero el hecho es que cuando murió, él ya estaba acorralado, sentenciado, pues. El 24 de abril de 1987, en un recodo del río Bravo, de este lado del Big Bend, en el rancho Santa Elena, municipio de Manuel Benavides, Pablo Acosta Villarreal, el hombre fuerte de Ojinaga, el “dueño” de “la plaza”, cayó en medio de las balas de los federales.

Pablo Acosta fue durante muchos años, el rey indiscutible de las drogas en Ojinaga, y esto para nadie era un secreto en Ojinaga.

También afirman que él mismo se dio un tiro y ahí quedó muerto en Santa Elena. Esta versión contradice la que presenta Terrence Poppa, en su libro El zar de la Droga, donde apareció la historia del creador del imperio de la droga del que fueron herederos los actuales narcotraficantes en la frontera del polvo y del calor.

Según esta historia, Acosta se apuntaba con una pistola calibre 38, que presionaba sobre la sien derecha, con el dedo puesto y oprimiendo el gatillo. Los judiciales, bajo el mando de Guillermo González Calderoni, le pedían, también a gritos “¡No lo hagas Pablo, no te vayas a disparar, están rodeados!”.

En ese rincón del Bravo, desolado, apartado, propicio para una emboscada, Pablo Aguilar se sacrificó, porque desde hacía varios días sabía de que lo iban a matar.

Pablo Acosta nació el 26 de enero de 1937, en el interior de una casucha de piso de tierra de Ojinaga, poblado del estado de Chihuahua situado a orillas del río Bravo en la frontera con el estado de Texas, Estados Unidos, y cuyo nombre es en honor de Manuel Ojinaga, militar liberal que combatió la intervención francesa, y gobernador del estado muerto por los imperialistas.

Su padre Cornelio Acosta, un humilde campesino que contrabandeaba yerbas medicinales y otras cosas sin importancia para mantener a su numerosa prole, fue asesinado en 1958 en el interior de una cantina de Fort Strockton, por una vieja rencilla familiar. La muerte de su progenitor coincidió con los inicios de Pablo –a la edad de veintiún años– en el negocio de la heroína.

Una década más adelante, en 1968, fue aprehendido y enviado a una prisión de Pecos, al ser sorprendido por policías estadounidenses contrabandeando la droga. Fue juzgado y sentenciado a ocho años de cárcel, pero se le liberó al compurgar sólo cinco. Cuando regresó a Ojinaga, se enteró que la plaza ya era controlada por Pedro Avilés.

Se enteraría también la forma brutal y sádica cómo el duranguense se deshacía de quienes le disputaban la zona o traicionaban: quemándolos vivos, hasta reducirlos a humeante carbón. Como sucedió a Domingo Arana, quien le manejaba la plaza. Domingo fue reducido a cenizas cuando Pedro descubrió que le robaba parte de los cargamentos y le había engañado, al responsabilizar de los robos a Francisco Carrión, al que había ejecutado para cubrir sus hurtos.

Pedro nombró sucesor del difunto Domingo a Manuel Carrasco, con quien comenzó a trabajar Pablo apenas fue liberado, aprovechando sus contactos que había hecho en la prisión estadounidense. Pero su buena suerte llegó tres años después, en 1976, cuando Carrasco, en una estúpida pelea de cantina, dio muerte a Heraclio Rodríguez Avilés, sobrino de Pedro, que –dicho sea de paso– para entonces buscaba un pretexto para deshacerse de Carrasco a quien, antes del fatal pleito, la Policía estadounidense le había decomisado poco menos veinte kilos de heroína y una tonelada de mariguana de su propiedad.

Cuando Manuel se enteró que Pedro le había puesto precio a su cabeza, sin pensarlo dos veces huyó y la plaza la tomó Shorty López, amigo cercano de Pablo. Pero Shorty no pudo explotar a plenitud la importante plaza fronteriza, porque la gente de Manuel le asesinó a los pocos meses. De esa forma, Pablo se quedó como encargado de Ojinaga.

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Su Muerte
Acosta, hombre de cabello entrecano, bigote poblado y con la camisa desfajada, sin retirar el arma de su cabeza, dirigió su mirada hacia donde habían estado saliendo las advertencias y gritó: “¡Chinga a tu madre, Calderoni, de aquí no me llevas vivo! ¡Tendrás que venir por mí!”, dicen que le gritó Pablo Acosta a su verdugo. Después se disparó y murió.

Ese es el testimonio de José García, vecino de Acosta, quien cuenta que, en su ocaso, con su organización ya resquebrajándose a causa del cerco que se tendió a raíz de que los estadounidenses presionaron a México para tomar acciones contra el narcotráfico desatado de Ojinaga, el capo “se la pasaba tomando y fumando bacerola (combinación de mariguana y cocaína en “piedra” que raspaban y la usaban en un cigarro)”.

Dice que, un día antes del operativo, él platicó con Acosta “y le dije que se saliera del pueblo, pero me respondió que lo iba a pensar, porque ya había decidido morir en Santa Elena”.

El propio González Calderoni murió asesinado el 5 de febrero de 2003, a los 55 años de edad, en Mc Allen, Texas, donde vivía exiliado, y donde las penas del destierro se vieron aliviadas por una pequeña fortuna de unos 7 millones de dólares, que llevó desde México. La suposición de que González Calderoni asesinó a Pablo Acosta, por encargo de otro narcotraficante mediante el pago de otro millón de dólares es una premisa frecuentemente ignorada por la prensa de EU.

Artículos del Miami Herald, del Wall Street Journal y del New York Times detallaron la carrera del comandante con encabezados como “Ex brazo de la justicia da a conocer historias de la corrupción en México”. El comandante, quien nació en Reynosa, ingresó a la Judicial Federal en 1983, donde rápidamente se convirtió en cabeza de la Fiscalía Antidrogas, antes de huir hacia los Estados Unidos a finales de 1992.

González Calderoni evadió exitosamente la extradición hacia México en 1994.

Pero la pregunta pertinente es ¿cuándo exactamente comenzó el comandante a trabajar para los narcos? Existe un memorándum del FBI, fechado en diciembre de 1986, en el cual se indica que González “estaba sucio”, y que algunos agentes estadounidenses lo sabían. Aún así, el FBI cooperó con él en el asalto a la guarida de Pablo Acosta Villarreal, en Santa Elena, en abril de 1987, del cual resultó la muerte del capo.

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